jueves, 28 de diciembre de 2017

Nunca maldigas en el cielo



Nunca maldigas en el cielo

Poul S. Christiansen, "Dante y Beatrice en el paraíso" (1895). Yo esperaba algo así en el cielo, no el desierto esponjoso que encontré. Tomado de http://www.ncregister.com/blog/pattyknap/what-does-rest-in-peace-really-mean

Estaba en el TEP, aquel edificio nuevo de la Universidad, sentado en una de sus aulas de paredes blancas y columnas grises. Todo tan limpio e inmaculado, todo tan moderno y novedoso. Luces de halógeno y abanicos de pared personalizables. Para mí, era mucho más apacible que aquellas aulas de A4, tan viejas como la Universidad y con butacas igual de antiguas. Quisiera tomar todas mis clases aquí, pero eso sería un cuento bastante mediocre. No he escrito esta historia para exaltar los salones de clases, sino para relatar mi experiencia el día que fui tomado de esta tierra por dos largos minutos.

Me encontraba precisamente en el tercer piso del TEP, caminando por sus pasillos de concreto sin embaldosar. Al final del pasillo, junto a la escalera, fumaban mis dos buenos amigos, Alfredo y Ricardo, semi sentados sobre una baranda mientras veían con ojos predatorios a las mujeres que subían por la escalera. Me acerqué vociferando en inglés y moviendo mis brazos como una especie de rapero y entre expresiones políticamente incorrectas nos estrechábamos la mano y nos dábamos pequeños empellones como tres tajalanes.

Fue en un momento de estos, mientras cuestionaba a Ricardo acerca de su homosexualidad: “Yo, man. You sure you a’int gay?”, que éste, bajando la mirada despreocupadamente, me dio un ligero empujón mientras decía “payaso”. De pronto, el inocente relajo se volvió letal porque: “¡coño!”, exclamé, mi pie se vio súbitamente sin lugar donde apoyarse y para mi desgracia, me di cuenta que me estaba cayendo por las escaleras.

***

Ahora bien, nunca había estado muerto, pero jamás me figuré que se pareciera tanto a una montaña rusa. Mis pies estaban firmemente plantados sobre una nube, pero mis pupilas estaban dilatadas y mi corazón latía a mil por hora, al mismo tiempo que el viento helado se impactaba contra mi rostro. “Uff, al menos llegué al cielo”, me dije, pero todo era muy distinto a las pinturas renacentistas o a los grabados que se utilizan en las carátulas de algunas ediciones de La Divina Comedia. Aquí todo era blanco y luminoso, hasta el suelo, el cual parecía estar conformado por una sólida capa de algodón de azúcar, pero que según mi lengua, sabía a leche cortada. Eso normalmente no hubiera importado, ya que uno no estila comer suelo. Era más bien la soledad que me preocupaba. Pura y extensa soledad. Leguas y leguas de suelo esponjoso y ni una persona a la vista. Ni un edificio, piscina o supermodelo en bikini, nada más que inservible algodón de azúcar.

“¡Maldita sea!”, exclamé y ¡puff! De repente me dolía tremendamente la cabeza, y sentía un extraño hormigueo en el brazo derecho. Abrí los ojos y sólo pude ver la cara barbuda y rubicunda de Ricardo mientras se tapaba los ojos y repetía “¡oh shit, oh shit, oh shit!”. Una multitud se había agrupado a mi alrededor y una voz femenina gritó “¡está vivo, se mueve!”. Lentamente me senté y Ricardo, con una alegría si límites en los ojos decía “mala mía, loco. Malísima mía. ¿Tú ‘ta bien?”.

Como pude, le respondí que sí, aunque probablemente tenía una costilla rota y el brazo también. Finalmente saqué fuerzas para hacerle una advertencia amigable: “Oye, loco…” le dije. “Dime, dime”, me increpó. “Nunca maldigas en el cielo”.



Encontrado en mi cuaderno de matemáticas 103, así que 2008. Ricardo y Alfredo son personajes de la vida real, pero sus apellidos son omitidos para proteger su privacidad. Los eventos narrados ocurrieron tal cual hasta que Ricardo me empujó y me llamó “payaso”, pero por gracia de Dios, mi pie si encontró apoyo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario